Jesse Owens, la peor pesadilla de Hitler (1936)

Tomado de Mundo Deportivo

El decimotercer hijo de Henry y Emma Owens creció en una familia pobre y sufrió siempre la intolerancia racial a la que él mismo plantó cara en un episodio como pocos en la historia del deporte. J ames Cleveland Owens , ‘Jesse’ para todos desde que una maestra interpretó mal las siglas ‘J.C.’ de su nombre, fue el hombre que obligó a Adolf Hitler a abandonar el Estadio Olímpico de Berlín en su mayor derrota simbólica antes de la II Guerra Mundial: el Fuhrer se negó a dar la mano al hombre negro que arrasó en los Juegos Olímpicos de 1936, levantados por la Alemania nazi para exaltar a la raza aria.

Owens ganó cuatro medallas de oro en aquellos Juegos, una gesta que Carl Lewis tardó 48 años en repetir. El santísimo poker de los buenos velocistas: 100, 200, 4×100 metros y longitud, donde una buena carrera lo hace todo más fácil. El 3 de agosto de 1936 ganó su primera medalla de oro; el día 4, la segunda; el día 5, la tercera, y el día 9, la cuarta. Había sido el mejor en 100 metros (10”3), longitud (8,06), 200 metros (20”7) y el relevo corto (39”8, récord mundial, con Jesse corriendo la primera posta).

En ninguna de esas ocasiones Hitler le hizo subir a su palco, un honor que sí regalaba a otros campeones, si bien Jesse escribió en su biografía que el dictador le saludó con la mano desde lejos. Owens no había cumplido aún los 23 años. Había esculpido su físico trabajando en el algodón y sorteado la dureza de la vida: a los siete años estuvo a punto de morir por una neumonía. Trasladado a Ohio, descubrió sus dotes para el atletismo corriendo obsesivamente a diario por un campo de béisbol en su escuela, hasta que un entrenador, Charles Riley , le cazó al vuelo.

A Berlín llegó como favorito, aunque Europa no le había visto jamás. Un año antes de los Juegos Olímpicos, Owens maravilló en Michigan con cinco récords mundiales en una hora: 200 metros, 200 yardas, 200 metros vallas, 200 yardas vallas y longitud. Sus 8,13 metros en longitud se mantuvieron como récord un cuarto de siglo. En sus únicos Juegos, Owens tuvo un enemigo virtual, Adolf Hitler, y un amigo real, el saltador alemán Lutz Long . La amistad entre ambos, coronada en la final de longitud, ilustra una de las mejores historias humanas de los cinco aros olímpicos. En la calificación, Owens estuvo al borde de la eliminación. Long se le acercó: “Puedes pasar con los ojos cerrados. Sólo retrasa algo tu salto para no hacer nulo”. Tomó el consejo, y el resto es historia.

Owens fue un mito y también una víctima de su tiempo, del amateurismo del atletismo en su época, y de su condición racial en Estados Unidos, que pronto olvidó al genio. Dejó el atletismo para ganarse la vida de formas humillantes, malvendiendo su fama con carreras contra caballos. Un cáncer se lo llevó en 1980, a los 66 años. Demasiados cigarrillos, dijeron los médicos.

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