Por Cruyff aprendí de fútbol

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Por Arian Alejandro

El más universal es un modo de vida, una religión a la que me he afiliado desde el año 1998 cuando Francia gana su primera copa del mundo y Brasil; equipo tatuado en mi ADN, daba una de sus más pobres actuaciones en aquella final de París. No tardé mucho en experimentar lo que se sentía ver coronarse a la selección que idolatras tras la de mi país. Japón-Corea 2002, la samba se hacía viral antes del furor de las redes sociales.

Pero no es un equipo de estrellas donde la gambeta y la filigrana son como el bostezo mañanero, donde nace toda mi devoción que dura 90 minutos. No. Más allá del extenso territorio del gigante sudamericano y cuando en él se buscaba el heredero de O’Rey Pelé, Europa era dominada por la imponente figura y la elegancia en la cancha de Frans Bekembauer, en mano a mano por la supremacía con el irreverente si de fútbol se trata, Johan Cruyff.

Algunas de sus peripecias con los botines me han llegado a través de una delgada enciclopedia humana llamada Alejandro Rodríguez, mi padre. No falta nunca en nuestras conversaciones casi interminables del deporte más hermoso del mundo historias sobre el mítico 14 de la legendaria “Naranja Mecánica”. Y hay que ver como el viejo se emociona cuando me las relata, como si volver en el tiempo no fuese cosas solo de ciencia ficción:

Que si en apenas un minuto abrió como mantequilla la defensa alemana en la final del mundial que la RFA organizara en 1974 y para detenerle le cometieron penal, que él dejó para el protagonismo de Neskens. Lástima, se quedó en espera de la gloria planetaria. Que si la magia de Johan fue suficiente para borrar del césped Alemán a dos potencias con par de obras de arte. Argentina y Brasil agacharon la cabeza ante el nuevo monarca del mundo futbolero. Que si con el Ajax, a nivel de clubes en los inicios de la década del 70 nadie era capaz de frenar las lecciones que el alumno más aventajado de Rinus Michels junto a sus secuaces brindaban en la deseada Copa Europea de Clubes Campeones. Y así hasta su inolvidable penalti indirecto con el equipo que lo vio crecer, pero que en aquel momento ya casi le daba el adiós en 1982. Combinándose con el danés Jesper Olsen, dejaron una maravilla, imitada con éxito y también mal copiada.

Del estilo Cruyff, en la cancha y en los banquillos; culminado con su exitoso Dream Team del FC Barcelona, supe mediante el estudioso de abogacía, pero analista metódico y consecuente con la objetividad, Luis Enrique, mi tío. Apasionado azulgrana, desglosa cada movimiento de los defensores centrales, de las subidas constantes de los laterales, del rombo entre los centrocampistas y la delantera, intercambiándose posiciones de manera sorpresiva, del valor de la posición del balón, de lo que conocemos como fútbol total.

Hoy decimos hasta pronto a Johan Cruyff. Porque solo se va su cuerpo. Su alma vagará por todos los campos donde el buen trato a la que un día fue blanquinegra sea bandera y a su vez recuerdo a la memoria de aquel crack que una vez asaltó el Bernabéu para humillar con 5-0 al Real Madrid. El mismo que al ser llamado viejo por su club de los amores fue capaz de cruzar la frontera de lo ético y pasarse a las filas del archirrival del Ajax, el Feyenoord. La figura que como entrenador le regaló a la afición culé en 1992 el primer título de lo que hoy se llama Champions League. A ti mito, gracias, olvidarte será imposible, porque eso sería como negar que amo el fútbol.

Que rebote el balonazo

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