Sábado sin Marrero, sábado sin fútbol

HAB-CAV- 4

Por Arian Alejandro

Sí, lo confirmo y desde ya me pueden llamar loco, lo asumo con orgullo, porque cuando la pasión está en juego no hay crítico que aguante los regates. No lleva ni un mes de terminado el Campeonato Nacional de Fútbol y cada sábado me levanto con los mismos nervios, buscando la misma ropa, haciendo el ritual futbolero que me conducía al Pedro Marrero para ver jugar a mi Equipo Habana.

Con la chamarreta azul escudo al pecho la ética periodística no era prioridad en mi diccionario durante 90 minutos y poquito más. Dariem y sus muchachos eran suficientes para sentarme en esas gradas duras, sucias y a veces hasta mojadas, ilusionado de darle felicidad a esa energía que se hizo sangre y se convirtió en bandera. Ahora ese vacío no lo llenan las luminarias que gambetean por millones y que olvidaron el fútbol de potrero.

Claro, todo no ha sido alegrías. Recuerdo aquella tarde lluviosa del 1ro de Junio del 2013 en la que lloré, sufrí pero descubrí que dentro de mí crecía un idilio que hoy tiene lazos irrompibles. Aquel equipo que se había dominado toda la temporada se volvió irreverente y silenció el Marrero. Pinar del Río ganaba 3-2, pasaba a la final, apagaba el sueño del otrora capitán ahora comandante de la nave azul. Juramento y compromiso, el título sería desde entonces una meta esquiva pero ahí he estado, a la espera, con la euforia de siempre y la esperanza eterna.

Talentos, experimentados, refuerzos bien recibidos y casi siempre bien “pagados”, meditado y bien escogidos. Filosofía mantenida, táctica estudiada, identidad reconocida, unión recuperada. A todo esto la conciencia me obliga a la fidelidad, a la creencia, a la permanencia en un barco que no se hunde, sino que toma aire tras lesiones, ausencias, despedidas.

Llámenme romántico, pero vivir estos momentos hacen que la mitad de mi vida, dedicada al más universal, se encandile con los balones desinflados, las canchas poco vestidas de verde, colores opacos correteando por amor al fútbol. Ahí aparece La Habana, sin galácticos, sin tiki-taka, pero con el sello casero llevado a pura velocidad, tres toques y balón al arco. También tiempo para la fantasía azul que un día fue roja y no desmerece, se gana aplausos, reclama luces desde las cámaras.

No olvido que mi onomástico no fue el tiempo idóneo para celebrar, que las ansias me condujeron a precipitarme en los pronósticos, que toqué la copa en pensamientos y eso me hace culpable. Donde fallaron las piernas yo vi entrega. Cuando el gol se negaba yo vi ganas. Cuando el reloj era enemigo yo vi intención, deseo. Mientras más apretaba el clima yo vi responder el físico. Serán ocho meses sin ustedes, serán casi cuarenta sábados sin fútbol, sin fútbol de ese que me lleva a otra dimensión, de la ira a al placer, de la inconformidad al agradecimiento.

Sin ocultamientos porque no es de hombres. Gracias Dariem, gracias muchachos, gracias y sólo gracias.

Que rebote el balonazo

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