Noche mágica en Turín

Por Arian ALejandro

Vivir agarrado a los milagros en la Champions es cosa de creyentes idílicos, no de la fe que te hace ser mejor cada día. La Juventus tenía un plan sencillo: Presionar, llegar, golpear y aguantar, la ejecución, paso a paso, de herida mortal. Lo del Barcelona, más de lo mismo, los tres de siempre debían encargarse, claro, algo falla en esa idea, son seres humanos, aunque la realidad y la historia hará que hablen de tus hazañas si por casualidad o por talento, pasas de actor de reparto a protagonista.

Allegri aprendió de los errores de Berlín y transformó a una “Señora” que se ha hecho joven y mostró a sólo dos viejos guerreros de aquella última batalla en busca de la gloria europea, Buffon y Bonucci. El comandante italiano hizo cumplir un discurso donde todos tapaban espacios, los de arriba se sacrificaban, los del medio molestaban, los del fondo se  atrincheraban, como manda la tradición.

Luis Enrique fue fiel a su estilo, el capricho ante todo y todos. No le bastaron las enseñanzas ante el Alavés, Deportivo, PSG o Málaga, con Mathieu no había tenido suficiente, él tenía que comprobar una vez más que el zaguero francés no pertenece a los de pasta culé. Libertad para Cuadrado y Alves, Jeremy era un espectador privilegiado.  No fue poco para el técnico asturiano y como en los tiempos de máximos reclamos agotó un único cambio, y no pudo escoger mejor, André Gomes, la viva imagen del hombre que no encuentra su sitio, lo busca junto a Raquel.

El 3-0 fue el castigo adecuado, hubo justicia por lo mostrado en ambos bandos. Dybala no es una promesa, sus dos goles hechos arte encierran la conclusión más unificada del momento: se puede sentar a definir si desea mitificarse como galáctico, si quiere compartir trono con el archienemigo cuando de naciones se habla o si desea hacerse leyenda en el lugar que hoy es venerado y donde le rezan para verlo vestir de eterno bianconero. La defensa azulgrana, parada, agobiada, disminuida, también tuvo tiempo para aplaudirle.

Leo lo intentó esporádicamente, regaló dos opciones de festejo, pero Iniesta y Suárez; quien dejó su instinto en Barcelona, se encontraron con las manos del eterno Gigi, que insiste en aguarles la celebración a todo aquel que ose inmiscuirse en su intento de colgar los guantes junto a la copa que se le resiste. Además pocas noticias llegaron de un predecible e impotente Neymar, abrumado por su mismo idioma y acompañado de la eficacia en la noble tarea que es defender a lo italiano. Del resto, poco se escribirá en el futuro inmediato.

El expediente sigue limpio en casa desde agosto del pasado año, ya son 48 duelos sin caer, 42 de ellos con la sonrisa a flor de piel. Enseñaron que el dominio doméstico no es solo talonario y declive de sus oponentes. La Juve está a nivel europeo, en la misma lista de los que se rifan la cima. La venganza la han fabricado a punta de paciencia, quieren volver a ser los únicos valientes en apartar del camino en los últimos tres años a un elenco ibérico, Real Madrid 2015 y en el 2017,  después del correctivo en la ida de los cuartos de final, el Barcelona, que seguro abogará por quitar del calendario el mes de abril. Prácticamente les han burlado el sueño y a la par todos han comprobado que no es una temporada de espejismos, sino de vaivenes que invitan al cambio. El contexto es crudo, pero supera como de costumbre la ficción.

Que rebote el balonazo

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